ESPECIAL DE DÍA DE MUERTOS

Luna

La última luna de octubre

Texto: Xavier Rodríguez

Fotos: Fernando Arenas

I

Caminaba por el sendero con buena luz, una noche antes del plenilunio. Las pirámides, negras, imponentes a lo lejos, me recordaban la existencia de los dioses. Era el último día de noviembre. Al fondo, en la obscuridad, se escucharon tambores y cantos.

“Nunca se insistirá lo bastante sobre la paradoja que constituye toda hierofanía, incluso la más elemental. Al manifestar lo sagrado, un objeto cualquiera se convierte en otra cosa sin dejar de ser él mismo, pues continúa participando del medio cósmico circundante. Una piedra sagrada sigue siendo una piedra; aparentemente (con más exactitud: desde un punto de vista profano) nada la distingue de las demás piedras. Para quienes aquella piedra se revela como sagrada, su realidad inmediata se transmuta, por el contrario, en realidad sobrenatural. En otros términos: para aquellos que tienen una experiencia religiosa, la Naturaleza en su totalidad es susceptible de revelarse como sacralidad cósmica. El Cosmos en su totalidad puede convertirse en una hierofanía.”[1]

El hombre puede estar en el mundo de varias formas, entre las opuestas, dos: de manera profana o de manera sagrada.

En la primera opción, el camino desacralizado, la significación de las cosas es unívoca: éstas son lo que parecen ser y nada más; en el otro modo, cada objeto, cada movimiento, cada pensamiento, es parte del entramado cósmico del que somos parte. Este sentido de pertenencia, este estado de conciencia, es posible con las hierofanías, cuando se manifiesta lo sagrado.

“El hombre entra en conocimiento de lo sagrado porque se manifiesta, porque se muestra como algo diferente por completo de lo profano. Para denominar el acto de esa manifestación de lo sagrado hemos propuesto el término de hierofanía, que es cómodo, puesto que no implica ninguna precisión suplementaria: no expresa más que lo que está implícito en su contenido etimológico, es decir, que algo sagrado se nos muestra. Podría decirse que la historia de las religiones, de las más primitivas a las más elaboradas, está constituida por una acumulación de hierofanías, por las manifestaciones de las realidades sacras. De la hierofanía más elemental (por ejemplo, la manifestación de lo sagrado en un objeto cualquiera, una piedra o un árbol) hasta la hierofanía suprema, que es, para un cristiano, la encarnación de Dios en Jesucristo, no existe solución de continuidad. Se trata siempre del mismo acto misterioso: la manifestación de algo «completamente diferente», de una realidad que no pertenece a nuestro mundo, en objetos que forman parte integrante de nuestro mundo «natural», «profano».”[2]

Las hierofanías son la manifestación de lo sagrado y al mismo tiempo siguen siendo la “otra cosa”. Lo sagrado puede manifestarse en las piedras y los árboles, pero no se trata de la veneración de las piedras o los árboles por sí mismos, sino de lo que están “mostrando”, lo ganz andere[3]. Las hierofanías son bivalentes porque cambian la realidad inmediata y conservan sus características profanas; anulan la homogeneidad del espacio al convertir un lugar cualquiera en uno especial, mediante un acto de consagración.

Nopales

Entre los nopales

II

La silueta de los hombres alrededor se mueve. Salen los perros y sus ladridos son acallados por los amos. Entro apenas a tiempo, después de traspasar dos umbrales de flores y hacer una ofrenda a la hoguera en donde se calentaban las piedras para el temascal. Ya dentro, la sensación de reposo y el vapor caliente en mi transpiración sólo me deja sentir la penumbra. Empiezan nuevamente los cantos, ahora conmigo ahí. Somos uno en el canto, en la oración.

Agradecemos hacia el este, a la tierra, el comienzo de todo; al oeste, el camino del coyote, el aire; al sur, el agua, y al norte, el sol. Cuatro elementos que a su vez delimitan cuatro puntos cardinales, para darnos entonces el centro, el lugar de reunión, el receptáculo que desde el vientre de la tierra, en el inframundo, nos lleva también a la región celeste. Establecemos una vía de comunicación, Axis mundi, punto de encuentro entre la tierra y el cielo. Los templos en el horizonte son eso. Nosotros, ahí, estamos en el centro del mundo.

“Allí en donde por medio de una hierofanía se efectúa la ruptura de niveles se opera al mismo tiempo una «abertura» por lo alto (el mundo divino) o por lo bajo (las regiones infernales, el mundo de los muertos). Los tres niveles cósmicos —Tierra, Cielo, regiones infernales— se ponen en comunicación. Como acabamos de ver, la comunicación se expresa a veces con la imagen de una columna universal, Axis mundi, que une, a la vez que lo sostiene, el Cielo con la Tierra, y cuya base está hundida en el mundo de abajo (el llamado «Infierno»). Columna cósmica de semejante índole tan sólo puede situarse en el centro mismo del Universo, ya que la totalidad del mundo habitable se extiende alrededor suyo.”[4]

Al salir del temascal comenzó el ritual. Toda la noche hasta el amanecer pedimos por el bienestar de la Tierra, por nuestras familias, por nuestros antepasados, por todos nosotros, por la humanidad.

Nuestros guías, conocedores de las tradiciones prehispánicas de toda América, entonaban sus plegarias, canciones venidas de la montaña, de quienes se aventuraron por los senderos del hikuri.

Al terminar todo, después de compartir los alimentos, finalizando así el ayuno que cada cual decidió hacer hasta entonces, cerca del mediodía, volvemos al temascal, y cantamos en agradecimiento. Nos volvemos a inundar de nosotros.

Cempasúchitl

Cempasúchil o Cempoalxóchitl

III

La concepción de lo sagrado equivale a descifrar símbolos, a encontrar significados en cada acto, cada palabra, cada átomo que nos constituye y a la vez nos recrea.

Si bien no es posible un estado desacralizado “puro” en el ser humano —porque en mayor o menor grado todos tenemos pequeños ritos particulares y hábitos a los que damos el poder de verificar nuestra existencia—, es común que el hombre de las sociedades modernas cada vez se aleje más de la sacralidad, en tanto que confunde ésta con los sistemas religiosos que la persiguen.

Al trasladar nuestra existencia y proyectarla en un plano de conciencia (dios) podemos explicarla y darle sentido de una manera más “real”. Cuando nuestra existencia queda afirmada, nos da lugar y la seguridad de que somos “algo” en el tejido del universo.

Si además de tener cuenta esto, se tiene la experiencia de la sacralidad —sea en la iglesia, la montaña o en un cuarto a solas— queda definido el sentido de lo divino, más allá de una religión o creencia cualquiera.

“Como hemos visto, es la experiencia de lo sagrado la que fundamenta el Mundo, e incluso la religión más elemental es, antes que nada, una ontología (…) pues la religión es la solución ejemplar de toda crisis existencial, no sólo porque es capaz de repetirse indefinidamente, sino también porque se la considera de origen trascendente y, por consiguiente, se la valora como revelación recibida de otro mundo, transhumano. La solución religiosa no sólo resuelve la crisis, sino que, al mismo tiempo, deja a la existencia «abierta» a valores que ya no son contingentes y particulares, permitiendo así al hombre el superar las situaciones personales y, a fin de cuentas, el tener acceso al mundo del espíritu.”[5]

Si el hombre se encuentra con los dioses se encuentra a sí mismo en el acto de crear. En el mundo sagrado se es “el sueño y el soñador…”.

Sol y maguey

Sol y maguey


[1] Eliade, Mircea. Lo sagrado y lo profano, Guadarrama/Punto Omega. Versión pdf en http://libros.literaturalibre.com/lo-sagrado-y-lo-profano/.

 

[2] Ibídem.

[3] “Lo sagrado se manifiesta siempre como una realidad de un orden totalmente diferente al de las realidades «naturales». El lenguaje puede expresar ingenuamente lo tremendum, o la maiestas, o el mysterium fascinans con términos tomados del ámbito natural o de la vida espiritual profana del hombre. Pero esta terminología analógica se debe precisamente a la incapacidad humana para expresar lo ganz andere: el lenguaje se reduce a sugerir todo lo que rebasa la experiencia natural del hombre con términos tomados de ella”. Ibídem.

[4] Ibídem.

[5] Ibídem.

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