ESPECIAL DE DÍA DE MUERTOS

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Texto y fotos: Magnolia Velázquez

El copal y el incienso inundan con su aroma el pueblo de Santiago Tepalcatlalpan, Xochimilco. En las casas, un camino de cempoalxóchitl y veladoras espera la llegada de los que partieron: padres, madres, hijos, abuelos, tíos, todos llegarán con la noche y hay que acompañarlos: es el primer día de noviembre, Día de Muertos.

En las calles, las pequeñas “ánimas” desfilan de puerta en puerta y adornan con sus cantos y disfraces la fiesta de los muertos. “Ya llegó la Chilindrina a pedir su mandarina, ya llegó Jorge Negrete a pedir su gollete, ya llegaron los abuelitos a pedir tamalitos. Con los huesos de mi abuela voy a hacer una escalera y gritar mi calaveraaaaaaaaa” es la letanía que interpretan los niños disfrazados, mejor conocidos como “ánimas” para pedir calaverita en Santiago, un pueblo donde la muerte es vida y a la vida se le celebra con fiesta.

En el panteón, lejos quedan las lágrimas, el desconsuelo y ese sentimiento de añoranza y de extrañar. Allí hay fiesta, pues están ellos, los difuntos, y como dicen las “tías”, es decir, las mujeres más grandes del pueblo: “si hablas con ellos y platicas de ellos no se extrañan, sino que sólo se recuerdan”.

 

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El sol se ha apagado, la noche llegó. Pero en el pueblo hay mucha luz y en el camposanto más, pues decenas de ceras alumbran todas y cada una de las tumbas, que además están llenas de gente y de colores. Da luz el rojo de las gladiolas, el amarillo del cempoalxóchitl y el blanco del crisantemo y la nube.

En algunos “panteones” o capillas, como los lugareños le dicen a las tumbas, la música que en vida le gustaba a su difunto suena a alto volumen; canciones norteñas, de mariachis y hasta una que otra balada, se repiten innumerables veces. Son acompañadas de la voz de los que se quedan, de la familia que vela toda la noche del 1º de noviembre a sus muertos, al pie de la tumba, a pesar de la lluvia y el frío de madrugada.

“Aquí están los restos de los cuatro hermanos de tu abuelita. Si era bien cusco el abuelito…”, dice un padre a sus tres hijos, quienes lo han acompañado a la visita de sus difuntos: visitaron a su hermana, sus abuelitos, sus tías y hasta el lugar donde él será enterrado; en cada uno se encendió una cera “de las caras, de las que no hacen humo y que son especiales para esta fiesta”, porque en Santiago, los días 31, 1 y 2 de noviembre son una fiesta casi igual a la del patrono Santiago o la fiesta chica del pueblo, en honor a San José.

 

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En casa también hay celebraciones. Ahí, grandes altares esperan a los difuntos para agasajarlos con su comida y bebida favorita, además de fruta, chocolates y pan. Manzanas, naranjas, uvas, plátanos, mandarinas, golletes y alamares dan color a las mesas y altares.

“Este año a tu tía le compramos un pantalón y un suéter guinda, es que ya sabes que ha hecho mucho frío”, comenta la tía Lety a uno de sus tres sobrinos, mientras le muestra la ropa que también pone en el altar.

Además de estas prendas, a los pies de la mesa hay dos sillas nuevas para que se siente el alma de los difuntos, petates, ceras cerradas, canastas con fruta y pan, así como incienso, copal y un sahumerio que le da el olor característico a la fiesta.

“Mi abuelita dice que hay que ponerle a los difuntos canastas con fruta y pan para que tengan qué comer todo el año, y las ceras es para que alumbren su camino de regreso, pues luego las almas se pierden y se quedan en la tierra”, platica Fabiola.

 

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Los muertos llegaron, sus almas están en la casa y no hay que dejarlos solos, por ello siempre hay una persona frente al altar. Es 2 de noviembre.

Por la mañana, el chocolate y los tamalitos calientes llegaron a la mesa, y a las 12 del día en punto, un pollo humeante, un plato con arroz, otro más con mole, tortillas y hasta unas cocas, son colocadas junto a las catrinas y calaveras de dulce.

 

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En el comedor, la familia está reunida y también comparten los alimentos de la fiesta, pero ahora sí hay un dejo de tristeza en el aire, pues se sabe que la partida de los seres queridos está cerca. Sólo faltan unas horas para que éstos dejen la tierra y vuelvan a ese lugar donde descansan.

El panteón está vacío porque todos quieren estar con sus muertos en casa, ahí quieren darles la despedida. Poco a poco las luces de las ceras del altar se van extinguiendo, pero no así la esperanza de que el próximo año regresen las almas de los que partieron al más allá.

 

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