IglesiaSanPedro ApostolCarlos Mancillas, maestro historiador, cronista, asiduo a la literatura revolucionaria, con aspiraciones, logros y esperanzas, recorre las experiencias de una larga vida al servicio de la comunidad.

Texto: Gilbert Gil

Fotos: http://www.pueblosoriginarios.df.gob.mx/

Enmedio de una fiesta popular, en el centro de la cabecera delegacional,en San Pedro Tláhuac, el profesor Carlos Mancillas nos cuenta la historia de su vida.

Nació en el “Barrio del Calvario” en el pueblo de San Francisco Tlaltenco, Tláhuac, el 10 de febrero de 1933; fue el tercer hijo de seis hermanos, en una familia de campesinos. Siempre vivió en el campo, estudió en la escuela primaria “Plan de Ayala” en el mismo pueblo donde reafirmó su interés por la historia de su país.

Los estudios del profesor Carlos Mancillas se vieron truncados por la necesidad de trabajar en el campo: “Me dediqué a ser peón de campo de los 12 a los 17 años, por falta de recursos”.

Desde muy pequeño, el profesor Mancillas ha sido muy respetuoso de las tradiciones e historia de su pueblo y sus habitantes. Desde que su abuelo y su padre le contaban hazañas revolucionarias, al profesor le surgió una inquietud por estudiar la historia de su pueblo y de su país.

“Sentado junto a mi padre, todas las noches, escuchaba sus andazas como arriero… Allá por Morelos, Guerrero y el Estado de México; vendía hilo y pólvora… Ganaba poco dinero para sustentarse.”

Cristo

Para el profesor, las anécdotas de sus antepasados le provocan sentimientos de alegría; cuando se le pregunta qué significan para él, responde enjundioso: “pues ahí conocí cómo vivían otros pueblos, mientras contaban las hazañas yo imaginaba cómo podrían ser y me dejaba llevar por las narraciones que escuchaba atentamente”.

Pero no sólo el profesor Mancillas escuchaba las narraciones de su padre, también había un grupo de  hombres mayores que conocía las historias de la Revolución y las contaban a pecho abierto.

“Las historias y los hombres que participaron en la Revolución Mexicana despertaron en mí el deseo de conocer la historia de mi patria y de mi pueblo… De la región, de la patria chica. Eso aprendí de mi padre.”

Sentado en una silla, en el salón que en pocos meses será parte del Archivo de Documentos Históricos de Tláhuac, dentro del Museo Regional, el profesor nos platica que fue muy difícil dejar de estudiar para irse al campo. El proceso que sufrió fue duro, pero resistió.

La falta de recursos llevó al profesor a trabajar la tierra para poder alimentar a su familia. Recuerda que todas las tardes, al finalizar, se sentaba en la milpa a pensar en la escuela.

“Cuando terminaba de hacer la labor de la milpa me ponía triste, venía mi padre y preguntaba qué pasaba, yo respondía que no nací para esto…”.

Sus ojos negros, pequeños y expresivos, dejan caer un par de lágrimas, mientras sigue, con voz entrecortada: “…le respondía que no podía trabajar en esto, que yo era para la escuela, que yo quería estudiar”. El hombre triste baja la cara y saca del bolsillo derecho de su chaqueta un paliacate negro; mientras se seca los ojos, exclama tajante: “¡pero bueno!”.

Guarda su pañuelo y como si no pasara nada, intentando darle vuelta a una hoja triste de su vida, el profesor Mancillas continúa platicando. “Cuando ya tuve oportunidad de seguir estudiando, le puse muchas ganas, en ese momento dejé de jugar en toda mi vida”. Fue, según dice, un excelente estudiante, e incluso fue presidente de la Sociedad de Alumnos de su escuela secundaria.

PuertaFcoTlaltenco

Este joven apasionado por la historia y el estudio llegó a darles clase a sus compañeros a petición de la congregación de su grado y en algunas ocasiones les cobraba “algunos pesos”  por hacerles trabajos o tareas.

“Lo poco que sabía me gustaba contarlo, me gustaba que la gente supiera también; como me pedían a cada rato que les enseñara cosas, pues yo no me negaba. Siempre quise dejarle algo a mi pueblo y qué más que la enseñanza”.

Para el profesor Carlos Mancillas la historia ha sido una medio para dejar algo a su pueblo, a su gente. “Siempre pensé que en mi paso por este mundo tenía que dejar una huella en las futuras generaciones, por ello me interesa la historia”.

Los obstáculos del estudio

En 1990 comenzó ha estudiar y adentrarse en la historia de su pueblo. Investigó, estudió y aprendió. Después de 31 años de servicio como profesor de secundaria, dos meses corrieron para que la curiosidad del profesor Mancillas se acercara a sus orígenes.

“Lo primero que hice fue ir al Archivo General de la Nación a buscar documentos, volúmenes y expedientes que hablaran de mi pueblo, San Francisco Tlaltenco”.

Con los antecedentes en la mano, que previamente había recolectado de los archivos de Iztapalapa, el profesor Mancillas comenzó la tarea de reconstruir la historia de la “patria chica”, como le llama a su pueblo.

origin

La tarea de buscar información acerca del paradero de documentos y archivos de Tlaltenco fue exhaustiva, y aunque ya existían algunos habitantes que contaban la historia oral, a Carlos Mancillas no le bastaba, él quería la historia escrita acerca de su pueblo.

“Algunos la conocían de forma breve y oral, pero… no… eso no me servía, yo la iba a buscar a fondo. Y la encontré después de ocho años, pero realmente me tropecé con varios obstáculos al principio de mi estudio”.

Cuando el profesor llegó al Archivo General de la Nación por primera vez, no sabía cómo buscar en los archiveros ni dónde preguntar acerca de los documentos que buscaba. “Pasaron semanas para que pudiera encontrar los documentos que examinaría”, dijo. Esa no iba hacer la única barrera para conocer la historia de Tlaltenco.

“Cuando buscaba en los tomos que contenían la información que deseaba, me sentía como un analfabeto, ya que la escritura era del México antiguo. Varias semanas estuve con los tomos nada más abiertos, haciéndome tonto e intentando descifrar que decían.”

En una ocasión el profesor Carlos Mancillas fue a la “Galería 4” para preguntar a los asesores que allí se encontraban. “Recuerdo que iba a cada rato a preguntar qué significaba qué o cuál palabra, hasta el punto en que se enojaron”.

Tanta fue la insistencia del profesor, que los asesores se hartaron de aquel hombre de baja estatura, testarudo y preguntón. A pesar del regaño propinado por los asesores, el profesor Mancillas no se rindió y, rápidamente, ante las negativas, buscó directamente a la subdirectora del Archivo General de la Nación.

“Yo insistí en que me ayudarán a descifrar los volúmenes que tenía enfrente de mí, sobre el escritorio y me entrevisté con la subdirectora… Estaba yo tan desesperado, que le pedí a la subdirectora que me pusiera un asesor que tradujera los documentos que necesitaba, pero la subdirectora seriamente contestó: ‘no profesor, eso no se puede hacer, ellos no están para eso, no pueden estar todo el día ahí para que lean, ellos están para guiar a los lectores, para sacarlos de dudas’ y me dijo con voz fuerte ‘usted  tiene que aprender, no se desanime, hágalo, poco a poco tiene que aprender’… Y bueno… Me regresé a mi lugar”.

Después de tres meses de asistir diariamente a la galería, observando y aprendiendo, logró poco a poco descifrar cada uno de los documentos que le habían interesado. “Total que aprendí a tal grado, que en tres meses comencé a descifrar, a medio año ya sabía más, al año, pues ya sabía mucho, tanto así que en el presente lo hago con toda normalidad”.

Aunque no ha alcanzado la perfección, su pasión por la historia de su gente ha hecho que logre transcribir los documentos que hablan del pasado de Tláhuac.

FamiliaSanPedroTlahuac

El profesor Carlos Mancillas se ha dedicado al estudio de su tierra y para ello ha tenido que hacer una profunda investigación, que va desde la tradición oral, hasta documentos que nadie ha traducido.

En la aventura de encontrar fechas históricas y documentos relevantes para la historia de Tláhuac, el profesor Mancillas fue al Registro Civil, allí encontró información acerca de los matrimonios, nacimientos, defunciones y otros elementos históricos que han marcado la evolución de la comunidad tlahuaquense.

Es el único poblador de Tláhuac que se puede jactar de tener al alcance la historia de su pueblo y sus alrededores. Lleva estadísticas agrarias, de matrimonio, de quién firmó los expedientes y quiénes eran los funcionarios de todos los pueblos.

Recuerda que una de las primeras veces que llegó al Registro Civil, el director se dirigió a él, sorprendido de la información que pedía: “Profesor, aquí nunca ha venido nadie a investigar… ¿Cuánto tiempo va estar aquí?” Recuerda que más sorprendido estaba él ante semejante confesión: “Pues… no lo sé… mucho tiempo, creo”, respondió.

Las autoridades del Registro Civil le abrieron las puertas y le dieron todas las facilidades para sacar los documentos que solicitó. La travesía desde su pueblo, San Francisco Tlaltenco, hasta las oficinas del Registro Civil, la realizó durante medio año; día tras día, iba y venía por información; sacó copias, indagó en documentos, revisó fechas y anotó en una libreta todos los datos.

A consecuencia de los cambios de administración y dirección dentro del Registro Civil, el profesor perdió tiempo y tuvo algunos problemas. La nueva administración le negó la entrada a los archivos y documentos pertinentes, por carecer del permiso correspondiente expedido por alguna institución o dependencia que justificase su uso.

“Ya no me dejó pasar el nuevo director, pregunté el porqué y me dijeron de un tal oficio que yo tenía que entregar. Yo no sabía para qué querían el oficio, pero lo llevé… No podía atrasarme, tenía que ver lo que había en esos documentos. Esos días me sentí muy mal, molesto, ya que necesitaba entrar, necesitaba revisar lo que había.”

Harto de no obtener respuesta por parte del director, buscó la forma de que lo dejaran entrar. Se entrevistó con autoridades de mayor jerarquía en el Registro Civil y explicó la trascendencia de su investigación.

Días después, el profesor Mancillas llegó a las oficinas y encontró otro ambiente: la gente, amable, le ofrecía café, le daban copias gratis, le acercaban todo tipo de documentos e incluso le asignaron una máquina de escribir y un teléfono, sin costo alguno. “Me dio gusto el cambio, estuve mucho tiempo registrando notas y fechas, encontré mucho archivo que me sirve”.

No todo fue angustia y rechazo. Obtuvo un reconocimiento moral por parte de los trabajadores de la Galería 6 del Archivo General de la Nación, la cual visitaba a diario.

Un día, trabajadores de la hemeroteca le pidieron al profesor Mancillas que ya no llenara las boletas de consulta para los periódicos de otra época. “A mí me asustó, y no tuve de otra más que preguntar si ya no me iban a dejar consultar ningún documento o de qué se trataba… ¡No!, contestaron”, recuerda exaltado el profesor “ya hablamos con la subdirectora y usted  tiene permiso de entrar a la hora que lo necesite a los estantes y los archivos de la hemeroteca, consulte todo… Todo es suyo… Lo que quiera y necesite”. El profesor Mancillas sólo necesitaba avisar a los responsables de sala y ellos sin miramientos lo dejaban pasar.

PanteónMixquic

Esta fue una distinción muy importante para el profesor, ya que no permiten a cualquiera, según los reglamentos del Archivo General de la Nación, entrar a las bodegas de documentos y archivos. Alegremente presume de sus “contactos”: “nunca he visto que dejen entrar a alguien ahí, soy privilegiado”.

Entre los laberintos de papel que guarda el Archivo General de la Nación se encuentran cientos de miles de documentos que nunca han sido consultados o revisados por usuario alguno. La historia de Tláhuac está entre ellos.

Anuncios