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Serán más de 80 los toritos que por la noche se adueñarán de la plaza en su última noche de fiesta. El fuego ambulante y azaroso de estos artefactos invadirá la plaza con luz y peligro, atrevimiento y riesgo.

Texto y Fotos: Gilbert Gil

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Por la plaza comienzan a deambular impacientes algunas decenas de jóvenes vestidos con ropas gruesas y capuchas. La ultima noche de la fiesta se viste de arrojo y valentía. La banda comienza a tocar en una azotea para cubrirse del fuego; el cantante da una advertencia: “cuídense, que lo que viene está peligroso compadre”,  mientras desde su lugar lanza la primera canción.

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El torito recorre la plaza, suena un chiflido, la lumbre ha alcanzado al primer cohete; de pronto, una reacción en cadena, una rechifla seca se escucha casi al compás de la música. El toro está “descargando”. Salen sus cohetes por todos lados, amenazantes y maravillosos; avanzan centelleantes por el suelo y los cielos, estrellándose arbitrariamente en paredes, personas, cables.

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La plaza se ha convertido en un campo de guerra. Cuando un toro “descarga” cerca de la azotea se observa cómo todos se voltean y se mueven ansiosos, cubriéndose de un posible cohete perdido.

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Los toros, por fin, terminan de arder. De la plaza salen vigorosos los jóvenes encapuchados, comentando alegres las hazañas de la noche; truenan los últimos fuegos pirotécnicos que despiden la fiesta; la plaza está llena de manchas de pólvora, humo y papeles tirados.

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El fuego seguirá ardiendo, al igual que la alegría, la intensidad, el peligro y la magia. Es un fuego que cada 52 años necesita del sacrificio para poder arder. El que apareció esta noche ya es libre y fue encendido en la plaza de Zapotitlán, en los cuerpos y las almas de su pueblo.

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