DANZALos tambores de las danzas prehispánicas yacen a un lado de la iglesia, su sonido retumba por las calles de Santiago Zapotitlán. La gente congregada alrededor de los danzantes, observa atentamente el movimiento de los pies, los penachos y los colores de las vestimentas de los nuevos aztecas.

Texto y fotos: Gilbert Gil

Mientras, a la plaza comienzan a llegar familias enteras de pueblos circunvecinos, como San Lorenzo Tezonco, Tecomitl, San Pedro Tláhuac, Mixquic, Tulyehualco, Milpa Alta y San Gregorio, las cuales vienen cada año a la “Fiesta de Luces y Música” de Zapotitlán.

Las bandas, en sus respectivos escenarios, preparan los instrumentos para la fiesta y los “castillos” están listos para quemarse; cinco minutos antes del inicio todavía se podía circular fluidamente, a pesar de los puestos de cervezas, sopes, quesadillas, tamales, mixtotes o pozole, así como de una infinidad de productos “piratas” que se encuentran en las calles cercanas a la plaza y la iglesia del centro de Zapotitlán.

El primer domingo de la fiesta se acostumbra la quema de “castillos”. En ningún otro lado de la ciudad de México e inclusive de provincia, se quema tanta pólvora como en este pueblo. Los que no entienden su significado comentan: “en ningún otro lugar se quema tanto dinero como en Zapotitlán”.

Las mayordomías comienzan a marcar con cuerdas amarillas el área restringida de seguridad.

—Ya va a empezar, papá —dice una niña a su padre, quien la carga en brazos para que domine con la vista el espectáculo.

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Cientos de personas quieren pasar y obtener un lugar privilegiado; los que llegan tarde permanecen en las orillas de las calles, apretados por los otros que suponen, ingenuamente, que algunos codazos los harán pasar.

Frente a los “castillos”, en el centro de la plaza, están los santos, reproducidos en tamaño natural. El fuego consume la pólvora de las estructuras, que miden más de 30 metros cada uno y nunca son menos de siete.

Este tipo de tradiciones son muy comunes en la República Mexicana. Cientos de pueblos utilizan la quema de “cuetes” para celebrar a sus santos patronos. Es a través de la pirotecnia, las luces y el estallido de risas, que el pueblo de Santiago Zapotitlán celebra al “Señor de las Misericordias”, al patrono de Santa Ana y de Santiago.

La pólvora de los chinos llegó a la Nueva España para su uso bélico, aunque también Hernán Cortés hacía tronar los cañones cada vez que obtenía un triunfo militar.

Se sabe que los primeros “castillos”, los históricos antepasados de los actuales, fueron los “castillos de morillo”, llamados así por ser fabricados con un tronco que, generalmente, era del árbol de la mora: largo, ligero y sólido. A este “castillo” se le empotraba en la punta una estructura cuadrada, que sostenía en sus vértices una figura pirotécnica que, durante la quema, se mantenía fija al tronco.

Es de suponerse la gran aceptación que tuvo entre los festejos de las fiestas católicas que organizaban los frailes, a fin de evangelizar a los indígenas.

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Así pues, en el pueblo de Santiago Zapotitlán hay una tradición histórica artesanal en cuanto al trabajo pirotécnico; construir, montar, quemar y disfrutar estas monumentales obras, constituye un gran orgullo para los pobladores.

Ya está todo listo. Las bandas se encuentran en posición, los “castilleros” encenderán las mechas. Va a comenzar la fiesta de Zapotitlán.

El presidente mayordomo del barrio de Santiago, Nicolás Cruz, invita a los presentes “a respetar el área restringida que se puso para la seguridad de todos los asistentes”.

En tanto, el tesorero y secretario de la mayordomía de Santa Ana platican con los “concheros” para que dejen de danzar mientras se queman los “castillos”. En forma amable, Don Agustín Jiménez Gómez, primer capitán de la danza azteca, fundada en 1901 por su padre, el señor Juan Jiménez Castañeda, contestó: “esperaremos, ya que nosotros también somos respetuosos de las diversas tradiciones del pueblo y somos parte de ellas… Que los quemen pues”.

“Todo listo… ya está… órale mano… échale…”. El mayordomo presidente da la señal a los músicos y comienza a escucharse un “México lindo y querido” en versión banda; segundos después el mismo mayordomo autoriza a los “castilleros” para que comience la quema.

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Esta es la “Fiesta de Luces y Música” en honor al “Señor de las Misericordias”. Los colores arden. El tamaño de los “castillos” es impactante y, además, siempre guardan una sorpresa entre sus formas, con efectos ópticos que sólo se descubren hasta el último momento de la combustión.

El fuego se reproduce en los “castillos”, las chispas caen sobre la gente, la sensación estética y el ancestral temor que produce el fuego se perciben en las miradas de un pueblo que observa, seducido por el arte de la pirotecnia.

Hay dos fuegos por cada barrio, primero arden los de Santa Ana, luego los del Barrio de Santiago; se desintegran las enormes construcciones de madera como si fueran solamente una rama de ese antiguo ácatl o caña, que se usaba para alimentar el fuego de nuestros antepasados.

Ese mismo fuego inmemorial se convierte esta noche en feria y luz. El primer “castillo” se enciende y comienzan a girar las formas sobre las cabezas encandiladas de los atentos espectadores; arden los símbolos del sincretismo: cristos, campanas, cochecitos, palomas…

El fuego se reproduce en los “castillos”, las chispas caen sobre la gente, la sensación estética y el ancestral temor que produce el fuego se perciben en las miradas de un pueblo que observa, seducido por el arte de la pirotecnia.

Este dominio del fuego es, ante todo, el dominio de lo mágico; la magia, esta noche, se hace chispa y cohete, y no hay ni una sola alma en la plaza que no vea maravillada este espectáculo.

“Recuerdo que en el 2003 la quema se inició con un avión que salió repentinamente del campanario de la iglesia, guiado por una cuerda; se impactó en la torre del ‘castillo’, encendiéndolo, como una alusión a las torres gemelas de Nueva York” explica un señor a sus acompañantes, mientras observan la consumición de los “castillos”.

Esta es la ofrenda con la que los habitantes del pueblo originario de Santiago Zapotitlán rinden culto a sus dioses. Así, llenos de sincretismo, festejan, beben, bailan y se divierten.

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