DSC02267Con suspicacia en la mirada, Don Rafael, campesino de la región,  acepta hablar acerca del campo y su experiencia en él.

Texto: Xavier Rodríguez

“Siento que me ha ido bien. Con base en el trabajo le puede ir bien a cualquiera… Quisieran algunos que les llegara el dinero estando sentados.”

Las manos se hacen callosas y robustas después de 56 años de labranzas. La tierra parace tener el efecto de dar fe y templanza.

“El campo es un trabajo que nunca podemos olvidar, aunque no reditúe ganancias; año con año tienes que trabajar el campo, con la ilusión de que llueva… Así es el temporal.”

Los verdaderos hijos del surco parecen salir sólo cuando se cumplen dos condiciones: la vocación y la disciplina -según se dice, igual pasa con los poetas-.

Del barbecho, el arado, la siembra y la cosecha surge también la conciencia de que “no da para enriquecerse, ni para vivir”, como dice Don Rafael, por lo que “se debe tener otra actividad”.

Aunque reticente a que le tomemos fotografías, acepta decirnos cuáles son, a su juicio, las principales diferencias entre el campo de ayer y el de hoy, desde sus recuerdos: “Antes era muy redituable. Hace cuarenta años llenábamos los cuartos de maíz. En los 50 todavía era ganancia… Apenas tres abrazadas al burro y venía la bestia bien cargada, pujando”.

Antes había “mazorcas chulas” pero hubo cambios sustanciales “hace veinticinco años más o menos… Desde que ha habido modernización”.

Afuera de su casa, con los dedos entrecruzados, recargado en el cofre de la camioneta con la que llegamos a él, Don Rafael pone un acento en su voz, más claro y pausado, como venido de otra época.

“Las tradiciones se están perdiendo, eran las que daban realce al pueblo… Que volvieran las tradiciones de 1940, 1960, es entretenimiento para la gente… Son cosas culturales que hacen falta”, explica.

“Siento que me ha ido bien. Con base en el trabajo le puede ir bien a cualquiera… Quisieran algunos que les llegara el dinero estando sentados.”

El polvo en los magueyes parece más pesado a cada minuto. Igual que las sombras, parece tener más dureza con la caída del sol, como si fuera a estar ahí para siempre.

“Mientras viva, pienso seguir trabajando como hasta ahorita… Debes pensar en que debes seguir trabajando… Con salud y teniendo de qué vivir, ya es ganancia.”

Don Rafael Rodríguez Meneses ha sido un campesino comprometido con su comunidad, ya que ha tenido diferentes cargos dentro del ejido: como tesorero, delegado, presidente de vigilancia o comisario. Él se considera un “servidor de todos”.

En este momento de la entrevista el recelo ya ha abandonado casi por completo sus ojos, los cuales se llenan con la memoria de otros tiempos y se hacen un poco nostálgicos, aunque no dejan de estar alerta, con la sabia malicia de la “gente mayor”.

Refiere de inmediato los proyectos que quisiera ver hechos realidad en Apaxco: “centros de capacitación actualizados y más modernos; una universidad… Hay gente pobre; un hospital general para campesinos”.

Le pedimos que se dirija a los habitantes del pueblo y enfatiza: “A cualquiera que tuviera un negocio (le diría), que luchara por progresar, por vivir pacíficamente, honradamente”.

Encendemos la camioneta, nos despedimos y detrás de los lentes, en las pupilas empequeñecidas por el sol del poniente, Don Rafael hace un gesto que oscila entre el escepticismo y la curiosidad.

Mientras nos alejamos, algo de esa esperanza por tiempos mejores se sigue respirando durante el trayecto, junto con el polvo que sigue diciendo tercamente que todavía no cae ni gota y que seguramente mañana tampoco.

Así es el temporal.

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