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“Cuando iba a la escuela, me enseñaron a darle preferencia a los mayores. Los niños teníamos que bajar de la banqueta si un adulto venía hacia nosotros. ¡Ay de aquél que no saludara!, porque inmediatamente lo sabían nuestros padres.”

Texto y Fotos: Xavier Rodríguez

Detrás del carrito de hamburguesas, Don Chuchín observa fijamente a su interlocutor.

—“Antes nos sacaban de la escuela para ir a trabajar y ahora es al revés… Ahora se le toma más interés al estudio. Allí esta la cosa”.

Las tradiciones

Don Chuchín es un hombre grueso, de tez morena, con una expresión adusta y al mismo tiempo bondadosa; viste una camisa a cuadros que, bajo la luz de neón, resplandece; trae un delantal amarillo, una gorra naranja y el bigote bien recortado… Esta imagen ha sido siempre la de Ángel Cruz Maya, quien desde hace 22 años hace hamburguesas para la comunidad.

Parece que el tiempo no pasa por él.

“Las tradiciones eran más fuertes que ahora, porque hoy casi nadie les pone interés, las dejan a un lado… A partir de los años setenta, como que la juventud ha dejado de respetar”.

De las aulas de su infancia cuenta que “el profesor era muy enérgico, éramos cuarenta, y tenía que oírse el ruido de una mosca”. Y no bromeaba, aclaró.

Municipio Libre: Si tuviera que irse de Apaxco por cualquier razón ¿qué es lo que más extrañaría del pueblo?

Don Chuchín: A mi familia y amigos, a la gente, al contacto con la gente.

“Aquí nací,

soy de aquí”

El punto

Antes, Don Chuchín vendía sus hamburguesas en el centro del pueblo y era de los pocos negocios de comida que se encontraban abiertos más allá de las 10 de la noche, era el punto de reunión que posibilitaba los sutiles movimientos sociodemográficos del pueblo; aunque han proliferado muchos competidores, Don Chuchín sigue siendo una referencia obligada en las noches de Apaxco; si las muchachas querían salir con su novio, se escuchaba en muchas casas: “vamos al centro por una hamburguesa”; cuando ya se había acabado una ronda de cervezas, era unánime la aprobación e iban a parar los juerguistas, en sus camionetas, frente al carrito de Don Chuchín.

“Mucha gente me conoce y me quiere”, dice con sincera humildad.

Al pueblo que le ha confiado muchos encuentros y desahogos, y de quien no ha recibido el común y frío tratamiento que existe entre comprador y vendedor, le dice que: “Seamos más unidos y tengamos conciencia… La unión hace la fuerza, entre todos, se hace más… Es mejor estar conviviendo… Se necesita que alguien empiece para poder hacerlo”.

La carne está cociéndose, las papas burbujean en el aceite; familias, parejas y solitarios esperan sus alimentos; algo de confortante tiene el ambiente, algo en la manera de poner el pan o untar la mayonesa… Algo, algo indefinible, hace la diferencia; es como si el lenguaje corporal de Don Chuchín dijera: tranquilo. Uno encuentra aquí un bocado que alimenta, digamos, el espíritu.

“Si salgo de trabajar yo creo que me doblo… Aquí voy a estar hasta que el cuerpo aguante”, refiere.

Don Chuchín tiene más de 60 años, hace recorridos en bicicleta y ejercicios diarios. Aunque Ángel es el nombre que tiene en su acta de nacimiento, también, como era costumbre en la localidad, usa un nombre distinto, con el que ahora lo reconoce más gente “…pero ése ya no me lo quito”.

“La unión hace

la fuerza,

entre todos,

se hace más…”

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