Las 5:30 de la mañana. El camino pasa del asfalto a la terracería, en la carretera rumbo a Coyotillos. Las sombras, todavía sobre los árboles, producen un efecto de caverna, y los tres nos adentramos en ella. Minutos antes del amanecer, detenemos la camioneta.

Texto y fotos: Xavier Rodríguez

—Observa bien… A veces se ven luces—, dice Don José Melchor.

Entonces miramos un cielo estrellado, como no se puede ver desde ninguna parte del pueblo.La claridad se adueña del paisaje y el contorno de los cerros se desprende del bloque macizo que antes era el firmamento.

Es hora de salir.

—Vámonos, para no subir con tanto sol.Don José toma su rifle y su mochila; Joaquín, su hijo, lleva galletas, dos litros de agua y otra arma; el almuerzo, más agua y el machete, van conmigo.

—Las botas son por las víboras. Hay cascabel y coralillo; hay que fijarse bien dónde pisar.Avanzamos durante dos horas entre los mezquites y los arbustos.

—Ves el cerro de allá…

Ahí entre esas dos puntas, me llevaba mi tío… Decía que íbamos a cazar zorrillos, pero no era cierto… Allí hay una cueva, como de esa piedra, al árbol (señala poco más de ocho metros) y allí me dejaba.

Don José extiende las manos, con las palmas hacia abajo y los codos un poco separados a la altura de su cadera, casi juntando las puntas de los dedos, haciendo una figura triangular.

—La cueva se hace así… Y enseguida había agua. Entonces mi tío cruzaba al otro lado para ir a bailar con las mejores mujeres, las mejores orquestas… Y yo me quedaba en la entrada, con nuestro perro, el “chocolate”, hasta que volvía mi tío por la mañana.

Joaquín nos pide que guardemos silencio. Se agazapa un poco más y avanza cinco metros; Don José, para entonces, ya está caminando por el otro lado, con el rifle bien sujeto entre las manos.

“Un gato”, dice Valentín, y quince minutos después, Don Gaspar encuentra una huella de aproximadamente seis centímetros. Sin embargo, no insistimos en la búsqueda. Nuestro objetivo es otro.

En la cima del “Cerro del Corazón” el panorama de la meseta es vasto. Al noroeste se ve el cerro del “Jicuco”; al oriente, está el municipio de Ajacuba; al sur, se ven los bordes que envuelven la ciudad de México, y al norte, se extienden los mezquites del estado de Hidalgo.

Conforme ascendemos, las veredas van desapareciendo, devoradas por las hierbas; como una botana, Don José me presenta un fruto de biznaga, al que llaman “borracho”, de sabor fuerte, ácido y penetrante; por fin, después de un encuentro inesperado con un panal de abejas, afortunadamente entumidas todavía por el frío matinal, llegamos a la parte más alta.

—Es el “Cerro del Estudiante” porque, según cuentan, hace varios años, cuatro jóvenes, tal vez dos mujeres y dos hombres, subieron al cerro… Como no regresaban, se organizaron brigadas para buscarlos, pero sólo encontraron las mochilas, por ellos es que se puso esta cruz— y Don José señala una cruz hecha de tubo galvanizado.

El calor está cobrando fuerza, y decidimos buscar un lugar para el almuerzo.

La zona del “Cerro del Estudiante” está considerada patrimonio de la humanidad. Los restos prehispánicos hallados aquí, son de gran importancia.

Y es que, en Apaxco, las tribus que peregrinaron desde Aztlán encendieron el Segundo Fuego Nuevo. Esta ceremonia era sumamente importante, porque revitalizaba el ciclo sagrado del sol y lograba que no se acabara el mundo.

—Bueno, ahora para abajo.

El verdadero sentido de la excursión es el camino en sí, es el compartir un viaje con historias, mitos y leyendas; es haber visto la tierra desde otra perspectiva.

—Ya puedes decir que subiste adonde antes no habías estado. Este es el punto más alto.Descendemos por unas escarpadas rocas, en la cara norte del cerro, a las que algunos le dicen “el espinazo del diablo”.

—Acá vienen las brujas a hacer sus reuniones.

En la pared de una saliente rocosa, con del doble de altura de una tienda de campaña convencional, se puede leer el registro de visitas y las iniciales de las parejas que unen sus nombres en un corazón pintado con tiza.Ya por la mitad del camino de regreso, Joaquín me enseña a disparar, utilizando como blanco un tronco caído.

Al terminar las lecciones, me dice:

—Con esto ya espantamos a cuanto conejo había cerca.Y sonreímos, con una fugaz resignación.

Son cerca de las 1500 horas y, previniendo la escasez de caza, salen a relucir los pedazos de carne, las cebollas, los nopales, las salchichas, los frijoles, las sardinas y un comal.

Con el placer que sólo da un taco en el cerro, siguen corriendo historias… Así aparecen las brujas en sus aquelarres, los tratos con Mefisto en las altas cumbres del Walpurgis mexiquense y los tesoros protegidos por una maldición… En definitiva, creo, Fausto pudo haber nacido en Apaxco.

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