DSC02487 Detrás de una barda de piedra, de no más de metro y medio de altura, un cachorro de color pardo nos ladra.

Texto y foto: Xavier Rodríguez

—¡Qué milagro! Y ocurre un abrazo efusivo entre Doña Mago, coordinadora del INSEN del DIF, y Doña Soledad. Después de las sonrisas y las presentaciones, pasamos a la casa.

Es una construcción rectangular, maciza, acogedora, de colores desleídos. Sin despegarse de su sonrisa, Doña Soledad nos conduce a su habitación y nos cede la cama, mientras ella toma una silla. Cruza las manos sobre las piernas y nos mira atentamente.

—¿Cómo era aquí antes?

—Antes no había luz, agua a o carreteras, sólo huizaches, mezquites, nopal… Puras vereditas… Si quería uno mandado, había que correr (literalmente) a Apaxco… Para el agua, íbamos a los manantiales de Santa María, en burro; a lavar, a La Noria… Para hacer tortillas ahora tenemos gas… Antes se hacía en el suelo, con leña… No le hace que apestáramos a pobre…

Su voz corre delgadamente por el cuarto, casi cantando, como la respuesta natural a una alegría intrínseca.

—La gente era muy trabajadora… Mi madre era una mujer que se levantaba bien temprano, hacía su chiquihuetada de tortillas, preparaba unos huevos estrellados, atole… Antes las mujeres estaban todas cubiertas, con trenza larga sobre el regazo… Ahora somos agujitas de plata, todo queremos a la mano… Todo está diferente.

Para ir a la iglesia usábamos rebozo, entrábamos tapadas de cabeza… Antes ni capilla había aquí…

La gente

La tarde decayó repentinamente y los matices de luz se hacen más profundos por el rojo de las paredes.

“Si uno no se da a respetar con la gente, ellos no tienen la culpa” dice, un poco más seria… “En los llanos tenían estacas, las castigaban, luego las ponían allí, y las cubrían con un rebozo… Cuando eran mujeres malas”.

Doña Soledad recupera rápidamente el carácter festivo y nos platica una anécdota, de cuando un grupo de amigas, de la misma generación, caminaban por la calle; todas ellas ya entradas en años…

“Caminábamos cerca de una tienda donde estaban tomando unos hombres, ya borrachos, y nos dijeron piropos… Una de ellas me dice: ya ves… Nos están chuleando… Y otra le responde: No chotean los perros porque no pueden.” Explotamos en risas. “Debemos tener nuestra seriedad a nuestra edad”, dice, todavía en tono jocoso.

“Tengo mis hijos. No los molesto, crío mis gallinas, mis animalitos, tengo mi tejido”… “Yo me mando sola”. Doña Soledad es una mujer que, además, reconoce su miedo: “teme uno salir, uno tiene miedo… Barriendo me caí…”

La señora Soledad Santana Rosales no hace cálculo de su edad, además de que perdió sus documentos. “Como 80 años”, dice, con su eterna sonrisa.

“Uno se encuentra a sus años… Con lo que dio nos socorra… En paz”… Y como dicen… “cuentas claras, chocolate espeso…”.

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