BAÑITOS (7)

Texto: Xavier Rodríguez

Fotos: Gilbert Gil

I

El sol todavía no despunta. Se ven dos señoras, una adolescente y un niño por la calle: mi abuela, su comadre Doña María, Eva y yo. El polvo se despega de las llantas de los tráileres, la ronquera del “freno con motor” me recuerda que apenas 15 minutos antes estaba dormido, bien calentito, esperando a que llegaran los chilaquiles del sábado.

El frío sigue calando por toda la Avenida Industrial, enfrente del Colegio Guadalupe y del sindicato de los trabajadores; diez metros adelante, toma un olor intenso, justo antes de llegar al río de aguas negras.

El silbato de la fábrica todavía no deja escapar a sus obreros. Damos vuelta a la izquierda, después de cruzar un puente angosto, de un carril, con pasamanos tubulares en los costados, pintados de amarillo.

Creo que voy a entrar con ellas, con las mujeres.

II

Ciudades milenarias han desarrollado en sus baños públicos una tradición que hoy los caracteriza; el rito consiste en compartir la desnudez, el cansancio, en hacer las abluciones.

El agua como símbolo de vinculación lo han tenido culturas diversas, desde el sento japonés hasta los turcos, con sus baños de vapor; los tunecinos en sus hammam o los clientes de los baños públicos en Nueva York. Todos tienen su propio dinamismo para la convivencia.

Puede ocurrir en una tina llena de bebés; con los amigos, después de pescar charales; en excursiones con cerveza a lagunas o presas; en albercas para nadar con la familia o en temascales para dos. Se disfruta el hecho de que otros se encuentren inmersos allí, con nosotros, que compartan la sensación del agua, que sea evidente la igualdad, la condición humana que nos une.

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III

A ojos cerrados, con el agua en la barbilla y el calor que no sobrepasa más de dos grados la temperatura normal del cuerpo, aparecen las imágenes de las mujeres bañándose, con toda la fuerza clásica de Rubens en “Las Tres Gracias” o las “Bañistas” de Renoir.

Hoy el rito es diferente, ya no hay segundos interminables por alcanzar la orilla, no hay prendas que resbalen de los torsos de las muchachas, ni largos paseos submarinos, con un paisaje de ondinas de azufre. Esta vez, el oasis es un rectángulo más pequeño, de doce pasos por veinte, con cerca de diez a quince hombres, armados de estropajo, jabón, champú, rastrillo y espejo.

Un saludo a la entrada es imprescindible, porque valida la presencia en este espacio gregario, duro, campesino y proletario.

— Los que hoy no tienen agua —dice una voz, refiriéndose al extraño recién llegado.

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IV

Más alucinante que la visión de la desnudez femenina, era la sensación de aventarse al agua, de sumergirse, de ir y volver, a pesar de las advertencias de la abuela –No te vayas a lo hondo. Después de los escalones ya no alcanzas—.

Cuando comencé a dejar de nadar y a quedarme más tiempo haciendo inmersiones (tres idas más tarde), dijeron que ya no podían llevarme. Casualmente, en ese tiempo, comencé a ver diferente a Eva.

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