13

Para que los castillos puedan llegar a quemarse como hoy, hay un proceso de siete días, los cuales son utilizados para diseñar, moldear y construir las figuras que van a ser parte de ellos.

Texto y fotos: Gilbert Gil

En una de las calles principales que llega a la plaza, a la derecha del edificio de la coordinación territorial, después de caminar 100 metros de cuesta, se encuentra el Centro Cultural Zapotitlán -cuya primera piedra fue colocada en el 2000 por Rosario Robles-. Ahí se encuentra el centro de las actividades de la mayordomía de Santiago, donde entre 20 y 30 trabajadores de la pirotecnia trabajan, cada quien en una estructura, poniendo mechas y cuetes.

Una docena de estructuras yacen en el piso, se mueven ligeramente al vaivén de las manos, de los hombres que, con agilidad, amarran cada una de las figuras con pedazos de hilo de algodón encerado con chapopote. Las representaciones que en la noche de la fiesta agradarán a los visitantes, quedan poco a poco completas, hermosas, majestuosas.

Entre mechas, cuetes, pólvora y una veintena de avisos de cartulina que rezan: “no fumar”, “se prohíbe fumar”, “cuidado flamante”, se encuentra Alejandro Ramírez, trabajador de Los Morales, histórica familia de pirotécnicos que cada año construyen y queman los castillos.

Este joven, de sólo 24 años, ha estado en muchos pueblos tradicionales exclusivamente para quemar castillos. Es originario del municipio de Huixquilucan, Estado de México, en específico, del pueblo de Magdalena Chichicaspa, en donde ha trabajado durante 12 años el arte de la pirotecnia, tradición heredada por su familia.

04

“Este acercamiento a la pirotecnia fue a través de la tradición familiar, mi papá por descendencia ya lo trabajaba, con mi abuelo, con mis tíos y toda mi familia. Antes de nacer mis hermanos y yo, esto ya se daba; es una tradición en la familia que nunca se va a perder, por ello estoy aquí”, comenta, contento.

Alejandro Ramírez, sentado en un banco de pequeñas dimensiones, entre risas acepta la entrevista y reconoce no tener “información privilegiada, pero que podría ayudar en algo”.

Aunque tal vez sea cierto que no posee información exclusiva, es, entre los treinta que están ahí, el que más sabe de la construcción de castillos. Así lo demuestra cuando comienza a explicarnos cómo se llaman las partes que los conforman: “Los llamados abanicos consisten en una gruesa de cohetes, colocados en una estructura metálica a manera de que queden en forma vertical uno junto a otro y con las mechas del mismo lado”, explica.

Al encender el primero, viene la flama y el estruendo, que se siguen en serie hasta quemar toda la gruesa en unos instantes; con este efecto se anuncian los momentos más espectaculares de la fiesta.

12

Otro elemento pirotécnico lo constituyen las coronas, canastillas o voladoras, que marcan el inicio y los momentos intermedios de la quema de un castillo “aunque también se acostumbran las bombas de crisantemo o japonesas, de cracker, de paracaídas, de figuras o efigies, de uno, dos o tres tiempos, lluvia de brillantes, de lentejuela, entre otras”, afirma Alejandro.

Los tamaños varían, aunque generalmente se utilizan de dos tipos para las ruedas: “1.20 de diámetro las pequeñas y las más grandes, 6.50 de diámetro. Estas son las más espectaculares”.

Toda quema finaliza con un gran espectáculo de luces y música, que estremece y emociona a los espectadores por su imponente iluminación. A esto, en el lenguaje de los pirotécnicos, se le llama el jardín.

Acerca de los elementos necesarios para la iluminación de los castillos, Alejandro refiere que se usan una mezcla de líquidos para crear las luces: nitrato, azufre, clorato, estroncio, magnesio; por medio de las cantidades controla la intensidad de los 10 colores en cada castillo.

En cuanto al diseño “los mayordomos son los que escogen qué se va a poner y las imágenes van desde animales, figuras religiosas o de caricaturas… lo que le agrade a la gente”, dice.

Alrededor de dos toneladas de cuetes se utilizan para cuatro castillos, según Alejandro, que observa a su alrededor, calculando con la mirada, como aquel abarrotero desconfiado que sabe cuánta mercancía tiene en su tienda “dos toneladas… mmm… sí… más o menos… es mucho, ¿no?”.

En cuanto al proceso de construcción y funcionamiento, la precisión debe ser absoluta “debe haber una sincronización entre los cuetes; tú puedes poner cualquier rueda en la posición que quieras, parada o acostada, depende del diseño. En el funcionamiento radica la importancia de los castillos, es el secreto,  que se muevan bien, que prendan bien, ya que cada rueda tarda en quemarse dos minutos”, recalca Alejandro.

10

Cuando hay una falla se debe a la planeación del mecanismo: “uno trata de evitar esos errores cuando se está haciendo y construyendo (el castillo)”, afirma.

Aproximadamente siete días tardan los 20 trabajadores de la pirotecnia en crear las figuras, abanicos, coronas y canastillas para la fiesta, y el día de la celebración, para montar el espectáculo, se requieren cerca de “tres horas y 35 hombres”.

Para Alejandro Ramírez lo más trascendente es su trabajo y le tiene respeto. “Muchos me dicen: ‘¿Por qué le das a la pirotecnia, qué, si es mucho trabajo’… cosas así,  yo les digo que el trabajo de la pirotecnia es como cualquier trabajo. Ser albañil se me hace más pesado y cansado. En cuanto a lo peligroso, pues, toda actividad en la ciudad es peligrosa, entonces, no me puedo quejar.

“Para realizar el trabajo de pirotécnico se necesitan muchos requisitos, para poder quemar los castillos o los toritos; cuando hay una explosión se nos dejan venir, nos reclaman, pero no pueden hacer nada, ya que son tradiciones y costumbres del pueblo”, señala.

“Esto no se va acabar, ya que ésta es la más importante festividad de la ciudad de México”, asegura. “Para que le quiten las tradiciones a un pueblo de más de 500 años, esta cabrón… las tienen que respetar… nunca… nunca se van acabar las tradiciones de Zapotitlán…”, exclama, mientras amarra fuertemente el hilo a una corona.

El sonido de la banda se escucha a escasos metros. Cerca de 25 jóvenes, entre mujeres y hombres, se aglutinan en esa especie de búnker, cargan varias bolsas de plástico que contienen platos, refrescos, vasos servilletas y salsas; dos inmensas cazuelas se dejan ver entre los mayordomos que arriban sonrientes al centro cultural.

“Aquí les traemos comida… a comer… órale…” se escuchan las voces de las señoras que invitan a los trabajadores a echarse un taco y a descansar un poco, para ello, la banda se escucha a todo lo que da.

Entre el sonido de la música, cacerolas de frijoles, arroz y rajas con crema, acompañadas de tortillas calientes, algunos trabajadores siguen encuadrando y montando las figuras en las estructuras metálicas; otros permanecen sentados, reposando y descansado para lo que será la gran fiesta que hoy por la noche alegrará los ojos de muchos pobladores y visitantes.

Alejandro no esperó más y se fue a comer. Las tijeras, pedazos de hilo, alguno que otro cuete esparcido, un desarmador manchado de pintura, el periódico de ayer y el pequeño banco donde se encontraba sentado aquél, junto al cronista, se han quedado solos, observando el encargo y dedicación de los trabajadores de la pirotecnia.

About these ads