DSC02544En la entrada al pueblo de Apaxco, sobre los rieles del tren, Don Ángel se muestra contento. Con una franela roja amarrada a una rama torcida, agita de un lado a otro, con fuerza, su “bandera”, permitiendo el paso de los autos y camiones de transporte.


Texto y foto: Gilbert Gil

“Yo no sé nada, pregúntale a otro… Que yo no sé nada…” nos recibe evasivo, un viejito de 80 años, de chamarra y sombrero que, parado enmedio del ir y venir de los autos, objeta el porqué de la entrevista. “A mí ya se me olvidó todo, ya no recuerdo nada… No te podría contar nada del pueblo.”

Don Ángel tiene una pequeña joroba, gracias a la cual tiene el apodo de Camarón “por la chinga que nos dimos en las fábricas”. Nos da su testimonio después de días de labor de convencimiento, enfrente de su casa, un portal verde oscuro; aquí nos cuenta cómo ha cambiado el pueblo y un poco de su historia personal.

Para Don Ángel, el pueblo sí se ha desarrollado en todos los años que ha vivido por acá. El pueblo de Apaxco, hace unas décadas “era muy chiquito, todos eran campesinos, aunque había ya fábricas la gran mayoría eran campesinos, no había mucho obrero.”

En la abastecedora de cal, Don Ángel comenzó a trabajar en 1938, un año después de haber sido inaugurada la fábrica. Su día comenzaba a las cinco de la tarde y terminaba a las siete de la mañana del siguiente; su trabajo consistía en cuidar las “calidras”, que no faltara vapor.

La llegada de Don Ángel a la abastecedora ocurrió por la pobreza de su familia. “Mis padres no tenían dinero, éramos pobres, siendo campesinos no tenía de otra mas que entrarle a la fábrica, donde estaba el dinero…

“Cuando comencé a ganar mis primeros centavos, me compré mis zapatos porque tenía unos huaraches que me quemaban los pies, con la cal… Nuestra vida fue muy pobre porque no había estudios como los hay ahora… Yo sólo estudié hasta el tercer año… Tenía que trabajar… Yo me críe en el campo, a los cinco años: ‘órale cabrón, a trabajar al surco, a sembrar maíz’ me decían, y no hay de otra, hay que comer y aportar a la familia.”

Comenta que en sus años de infancia no había luz: “Éramos pobres, no había servicios”. Es en 1940 que llegó la luz a Apaxco. “Todo esto que ves aquí, era tierra para sembrar, era como una gran granja” y Don Ángel señala toda la calle Venustiano Carranza, donde vive.

Antaño, un día normal para Don Ángel consistía en atender burros, gallinas, puercos “de todo”, comenta. “Éramos totalmente campesinos; así éramos, ahora ha cambiado todo mi amigo… Ire… Aquí nosotros hemos contribuido al cambio de Apaxco, exigiendo servicios que no había, como la luz de antes con mechas y petróleo, así nos alumbrábamos. Por eso ha cambiado Apaxco, gracias a la gente.”

El octogenario habla de las tradiciones y la historia del municipio: “Los que saben de la historia de Apaxco son los que tienen los planos, mapas y fotografías, nosotros qué le podemos decir… Los que mangoneaban eran otros” sentencia.

“Uno qué le puede decir… Uno se concreta en trabajar, para tener lo que tenemos, si no trabajamos, qué vamos a tener. Hay que trabajar para tener con qué comer, vivir; a mí no me gusta la envidia, eso nunca es bueno. Hay muchos que tienen camionetas, carritos, eso está muy bien, han progresado, uno no tiene, ahora sí que con todo respeto, por pendejo…”.

A todos los trabajos que hizo en las fábricas de caliza, Don Ángel dice que los ha gozado y que hay muchos compañeros que lo recuerdan y conocen.

“He estado por donde quiera”, asegura, refiriéndose al trotamundos laboral que es. Aunque sigue siendo campesino y conserva algunas parcelas, trabaja los fines de semana en las vías del tren, gracias a un compadre que le comentó del trabajo en el turno matutino. Don Ángel aceptó el trabajo hace algunos meses.

“A mí me conoce un chingo de raza. Yo, donde quiera voy… Voy a Guadalajara y ahí me conocen, en Acapulco me conocen…”.

Al hablar de Apaxco, de su historia y tradiciones, a Don Ángel se le forma una leve sonrisa en la cara. Asevera que son pocas las tradiciones que todavía forman parte de la cotidianeidad en el pueblo, como por ejemplo “las mulitas”, de las que no muchos se acuerdan:

“Había una tradición que ya no se conserva… Las mulitas, organizada ahora por ciudadanos religiosos. La tradición era importante en el pueblo, ya que recorría las calles desde el centro hasta La Heredad, por todo Venustiano Carranza y Loma Bonita…

“Llamaba mucho la atención, porque la gente sacaba sus yuntas, con animales, bueyes, caballos, mulas, gallinas; todos sacaban sus herramientas de arado, de todo. Ahora eso ya no se da, ya que hay pocos campesinos y pocos de ellos tienen yuntas aún.”

Para todo el pueblo era una tradición ese “desfile” de campesinos que se daba cada 15 de mayo por el día de San Isidro Labrador, representante de los campesinos.

“Es muy difícil que la gente de Apaxco recupere esta tradición ya que hay muy poca población de campesinos y poca gente que le interese, las personas prefieren ocuparse en otras cosas que recordar esas tradiciones.”

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